Control


Los triángulos son montes desde cualquier perspectiva, comienzan en un punto, alcanzan un clímax, vuelven a bajar y comienza de nuevo el ciclo. Me muevo de un vértice a otro, pero me doy cuenta de que, al llegar al siguiente vértice, yo ya he estado allí. Levantarse, ir al colegio y de vuelta en la casa para terminar levantándose al día siguientes como esclavos de un destino ya escrito. Debe ser por eso que cuando recortas los ángulos de un triángulo y los juntas, obtienes una línea recta. 

 

El triángulo es la personificación de mis experiencias, de todo lo que en estos 14 años me han brindado mi identidad, más específico, es la representación de mi pasado, presente y mi imagen de futuro. Como una fórmula mágica que existe, donde estos tres tiempos están íntimamente relacionados y dependen el uno del otro. Sin futuro no hay pasado ni presente, sin presente no existe el futuro ni el pasado y sin pasado no hay presente ni futuro.  

 

Pero ¿Qué ocurre afuera de nuestro triangulo? ¿Acaso somos triángulos errantes? Cada persona es dueña de sus propios triángulos, de sus propios trazos, que van construyendo en el plano fino y sagrado que es la vida. Desde luego, mis trazos, al igual que lo trazos de las otras personas, impactan en la simetría de los triángulos de los demás. Al final, todos los triángulos ya sean escalenos, isósceles o equiláteros, están relacionados entre sí por vínculos en un principio intangibles. Pero, al retroceder tres pasos los vínculos se vuelven visibles, demasiado visibles, agobiantemente visibles. Los triángulos se desfiguran, no se sabe dónde comienza uno y donde termina otro pues todo fue parte de una ilusión donde creíamos que teníamos el control. 

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